Vivencias en Medicina: cuando te encariñas con tus pacientes

Empezamos una nueva sección dentro del blog Ekpapalek: Vivencias Profesionales. Aquí compartiremos historias personales de profesionales que nos cuentan las experiencias vividas durante su desarrollo académico. De esta manera buscamos ofrecer un mejor panorama acerca de las diferentes carreras profesionales que existen y así ayudar a los estudiantes latinos que recién empiezan y aún están decidiendo que profesión seguir.

La historia que encontrarán a continuación está escrita por la Médico Enma Marin, y en esta oportunidad ella nos cuenta su experiencia en el área de pediatría durante su época de estudiante y el impacto que tuvo en su futuro profesional.


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Hace años quería ser pediatra. Y me preguntaron, por qué quieres ser pediatra, y yo respondía: “Porque me gustan los niños”.

 …… Durante mi externado e internado, esto cambiaría….

Primero llego Eida. Eida de 8 meses de edad, no era mi paciente, era paciente de la sala de al lado, la cama de la “ESQUINITA” de la sala 4 del pabellón del Hospital. La primera vez que la vi tenia pelada la cabeza, estaba tan rígida que si la cargabas sosteniéndola por la cadera se quedaba en horizontal, cual tabla, tenía una sonda orogástrica, sostenida por dos hilos que estaban pegados a sus mejillas, no fijaba la mirada, y permanecía en un llanto constante. Lo primero que sentí fue curiosidad de interno de Medicina: ¿QUE TIENE? Y luego de leer toda su historia clínica, dije: ¿QUE NO TIENE?. Hace dos meses EIDA era una bebe normal, pero un día “convulsionó” e hizo dos paros cardio respiratorios, de los que salió pero quedo con una secuela neurológica, estuvo en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) desde los 3 meses, en ventilación mecánica un mes y medio, y su pronóstico era MALO, MALO, MUY MALO. Como para gritar “NO LO VEAN!”.

¿Sentí pena en ese instante?

No. la verdad es que no.

…. trate de desligarme, tonta yo, porque al día siguiente cuando terminé de ver a todos los niños de mi sala, fui de nuevo a la sala donde estaba hospitalizada EIDA solo para enterarme de que lloró sin cesar toda la noche, su madre no la había venido a ver, se le había salido la sonda oro gástrica y estaba llena de gases y no había nadie para que le “sacara el chanchito”. La cargue, de solo sentir su cuerpito tieso, y su mirada perdida, sentí que se me erizaba la piel…

“a veces es mejor que Dios se lleve a estos niños”, recuerdo haber pensado.

Me dediqué a mecerla, hablarle, tratar de que fije mirada. La técnica, a la que le gustaba externearme (palabra que usábamos en la Facultad a modo de “exclavizarme, utilizarme, maltratarme”), me dió una jeringa de 20 ml llena de leche y me dijo “TRATA DE DARLE HASTA QUE VENGA ALGUIEN A PONERLE LA SONDA”, así que eso hice y descubrí que aun succionaba leche y aun tragaba, claro, tratando de sentar a una niña, que es tan tiesa que su cuerpo no puede doblarse en dos, así que tomaba la leche parada, por así decirlo. Y lloraba, todo el día lloraba, sino lloraba, sollozaba, pero toooodo el día.

Pasaron 3 días y seguía con tratamiento para neumonía, su mama solo vino una vez y yo no la vi; y seguía llorando y sollozando, era triste, a veces ya no quería verla porque me daba mucha pena, pero a la vez sentía que si yo no la cargaba, quien lo haría? Al término de esos tres días, llegué a casa y leí sobre parálisis cerebral espástica infantil, que era lo que tenia Eida, y vi que en el manejo que estaba recibiendo en el hospital faltaba un medicamento del tipo llamado: “relajante muscular”, clonazepam según recomendaban algunos artículos, no era una gran recomendación (hablando de evidencia científica), pero en algunos niños funcionaba.

Dos días me pelee con los doctores” viejos y sabios” de la sala 4 para que intentaran darle un cachito de clonazepam, al decir que me pelee con ellos quiero decir que les tuve que repetir una y otra y otra vez, a manera de sustentación de tesis, lo que había leído, exponiendo pro y contra, incluyendo el factor económico (el clonazepam era costoso). Recuerdo que la residente de pediatría a cargo me dijo:

“No sé por qué haces tanto lío por una niña así, que ni siquiera siente”

Si no le respondí, es porque mi abuela me dijo que si uno no tiene algo bueno que decir es mejor no decir nada.

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Así, luego de mucho discutir, le dimos clonazepam. Pasó un día y todo seguía igual, llegué a casa pensando: ¿estoy haciendo bien? Ya me estoy encariñando mucho con ella y me costará mucho más si esto no funciona. Pensé tirar la toalla y ya no acercarme más por la sala 4. Al día siguiente, muy temprano llegue a la sala 4, entré y la vi dormida, nadie me informo nada. Me fui a mi sala, pasamos la visita y al terminar con mucho miedo, y un ropón nuevo que le había comprado fui a verla a su sala… Si le compre el ropón para despedirme, porque me di cuenta, que cuando llegaba a casa no dejaba de pensar en Eida, me di cuenta que ya me estaba ligando mucho, me di cuenta que era el momento de decirle adiós.

Entre a su sala y estaba su mama. Su mama me miró y me dijo:

“MI HIJITA SE RÍE”

Al principio la mire con cólera, con ganas de decirle PORQUE AJOS! NO ESTAS AQUÍ PARA DARLE LA LECHE! Pero luego vi a Eida, YA NO LLORABA! ESTABA CON UNA FLEXION DE 45 GRADOS SOBRE LAS PIERNAS DE SU MAMA, YA NO ERA UN TABLITA!!! Le dije: “Hola nena bella!” Y sonrió…. Si, sonrió. No me miró, pues su déficit le impedía fijar la mirada, su mirada era a la ventana o a la pared, no podía tampoco fijar su cabecita, pero sonrió, y no solo eso sino que se carcajeo. Y entonces su mama me la dió a cargar, y por primera vez, sentí que su cuerpo era tan suave, o casi tan suave como el de los otros niños. La cargue un ratito, y alegando que tenía un paciente grave en mi sala… falso! El más grave tenia diarrea… me fui al baño, me encerré y lloré. Nunca me había sentido tan pequeña e insignificante, nunca había visto una sonrisa tan bonita.

Pasaron tres semanas en las que le continuamos el clonazepam, la mamá de Eida venia más seguido, decía que ahora si VEIA A SU HIJA, que los doctores que le dieron de alta de UCI le habían dicho que su hija “ESTABA MUERTITA POR DENTRO”, que “nunca vería, que nunca caminaría”, pero

si me sonríe cuando llego y balbucea, no puede estar muertita por dentro, no señorita?” me preguntaba su mamá,

“Pues no, le dije, quien sea quien sea el que te dijo eso debe estar muertito por dentro”. En esas las siguientes dos semanas, le invente fiebres, le invente falsas razones para que se quede en el hospital, aprendí que se quedaba dormida si le cantaba, que le gustaban las cosquillas y que reconocía mi voz, porque hasta cuando estaba de espaldas a mí, tirada en su camita, y yo llegaba diciendo DONDE ESTA EIDA??? Ya empezaba a sonreír.

Luego de esas 2 semanas, no pude retenerla más, y recé mucho, muchísimo, para que en su casa todo vaya bien. La volví a ver, 2 meses después, me llamó al celular su mamá diciéndome que estaba hospitalizada de nuevo. Salí de mi rotación de medicina (en otro hospital como a media hora de distancia) y fui al Hospital del Niño a verla, y era la tablita llorona de nuevo, revise sus medicamentos, le pregunte al interno:

“Ella toma clonazepam, porque no le han dado”… y me dijo “Clonazepam a un bebe de 11 meses? Estás loca?” y le dije “Loco tú que no conoces a tu paciente”

Y otra vez, la pelea con los doctores, traje hasta el doctor de la sala anterior, a los residentes, para que intercedan por el bendito Clonazepam, y se lo dieron. Pasó una semana y no pude ir a verla, pero cuando regresé, era mi Eida de nuevo, recuerdo que el interno me dijo: SABÍA REIRSE! Y yo le dije, NO SABE, PUEDE REÍRSE Y SEGURO SE RÍE DE LO LORNA QUE ERES. Le cante y me sonrió, no sé si era yo, pero yo creí y aun quiero creer que me reconoció. Ese día, llegó su mama y hablamos e hicimos un pacto de jamás quitarle el clonazepam, y pelearnos con todo el mundo para mantenerlo.

Eida no sería la única que cambiaria mi decisión.

  

Luego de ella decidí no encariñarme con nadie. Salvo con Benito, mi chihuahua mágico, pero con nadie más. Al año siguiente, de interna estaba yo pasándola entre lecturas, los momentos andropáusicos de los doctores del piso, los roles de bolseo, las interminables guardias donde llegaban niños más sanos que yo con madres histéricas, o los niños que se comieron una moneda, que les mordió el perro o que les mordió el hermanito… CLASICO!…

… Cuando faltaba un mes para terminar la rotación de Pediatría, la última de mi vida, llegó YanYimi, sí, así se llamaba; no era chino, no! provenía de Huancavelica, y su historia era más grande que los 5 tomos del Baldor. Bastará con decir que Yimi, estaba séptico, con una infección mala muy mala, neumonía bilateral, plaquetas en el suelo, hemoglobina en el sótano, desnutrido, edematoso, con úlceras en la boca, con una gran dificultad respiratoria y asustado muy asustado. Paso inmediatamente a aislados, pues tenía los leucocitos pegados al suelo, tenía un leucocito gritándole al otro y había eco (chiste medico), y por ende solo el residente, el asistente, una enfermera y yo podíamos verlo, previa colocada de mascara, escafandra, lavado de manos con lejía y ron de quemar (chiste medico 2).

Yimi no hablaba mucho, estaba asustado todo el tiempo, y lloraba cada que uno quería auscultarlo o examinarlo, y quien no lo estaría si tienes 5 años, mides menos de un metro y cada que se te acercan te hincan o te hincan. Examinarlo era el arte de distraerlo para que no llore, y convencerlo de que se deje pesar y tallar, porque había que hacerlo todos los días. Era muy feo cuando las enfermeras le buscaban venas pues no le encontraban, y debía recibir sus antibióticos si o si, era aun más feo cuando se le pedía mil exámenes, y venia el técnico y salían gritos y llantos de su cuarto.

Su mamá ausente, pero en este caso, porque la mama venia de Huancavelica, y se vino con sus otros 5 hijos, vivían en una pensión y debía trabajar en el mercado mientras se mantenía en Lima. Así que empecé a hacer mis recetas frente a él, a acompañarlo cuando comía, cuando tomaba su leche. A la primera semana, le dije,

“Si te dejas tomar una foto de tu estomago sin llorar te compro algo, que quieres? Colores? Cuentos? Rompecabezas?” Y me dijo: “Una linterna”, yo dije “Ah? Para que?”, y respondió “Porque en la noche es oscuro y me da miedo”.

Hicimos un trato, y lo llevé a la sala de ecografías, y no lloró, colaboró mucho e incluso me ayudó cargando su historia y poniendo cara de pena para que nos atiendan pronto… sí, yo le enseñaba a mis pacientes los trucos para que nos atiendan pronto (“Pon cara de pena Yimi, así nos llaman primero”).

Le regalé la linterna al día siguiente. Recuerdo que crayola1cuando le conté a mi mama, esta se puso a llorar y al regalo se añadieron colores y un libro para pintar. Entonces todas las tardes, pintábamos.

Le conté todos los cuentos que me sabia, y ya bromeábamos porque aprendió a hacerse el dormido cuando había que pesarlo y así tenía que cargarlo, le gustaban las cosquillas como a Eida, y se aprendió mi nombre.

El día que jamás olvidare, fue el día que hubo que tomarle una biopsia de medula ósea y hueso, pues sospechaban que esta infección tan severa se dió porque Yimi podría tener alguna leucemia. Recuerdo que le dije, te van a hincar tu cadera, me dijo:

“Mi cadera?”, y le señale cual era su cadera, y le dije “yo estaré ahí” y vas a ser valiente”.

Me preguntó si su mama estaría, y le dije que yo esperaba que sí. Lamentablemente dieron las 6pm y su mamá no llegaba, y la hematóloga no quiso esperar mas, así que lo cargaron las enfermeras, y lo llevaron a procedimientos. Jamás pasé, hasta ese momento, por algo tan difícil. Acostado Yimi, uno de mis compañeros le sostuvo las piernas, yo me apoyé sobre su tórax, y empezó el proceso. Primero desinfectaron la zona por donde ingresaría la súper aguja, Yimi solo dijo que sentía frio y hasta sonrió, luego vino el hincón de la anestesia, y empezó a patear, empezó a llorar, empezó a rogarme que lo suelte. Paso un minuto, y vino el proceso de entrar a hueso y tomar una muestra con aspiración. Yimi lloró, lloró y gritó. Yo le empecé a cantar despacito y le decía “canta, conmigo, tú te la sabes… debajo de un botón-ton-ton, que encontró Martin-tin-tin..” y empezó a cantar conmigo entre sollozos, a mí se me rompió el corazón, se me abrió un agujero negro en el pecho y note que yo cantaba al mismo tono que él: llorando.

El luchaba contra mi peso, tratando de levantarse, y yo me apoyaba más en él y le cantaba mas. Fueron los 30 segundos más largos de mi vida de interna. Cuando acabo, lo cargué y salí corriendo con él, me encerré en su cuarto de aislamiento, y lo empecé a mecer. Yimi lloraba apoyado en mi pecho, y yo apoyada en su cabeza, lloraba con él. No deje que mis amigos internos, entraran a verme.

Yo habría cambiado ese día mi lugar con Yimi sin pensarlo dos veces.

Recuerdo que mis compañeros me miraban por la ventana del cuarto de Yimi, y yo los miraba y decía con las manos: ya salgo, ya salgo. Ese día, salí cerca a las 9 pm, luego de dejarlo dormido.

Y salió negativo, no tenia leucemia, se recuperó casi milagrosamente, y nadie supo cómo se puso tan mal y luego como se puso tan bien, subió de peso, lo sacaron de aislamiento, y jugaba a esconder mis cosas en su cama, se sentaba a mi lado mientras yo evolucionaba, se ponía a pintar, y aprendió a lavarse los dientes. Cuando decidieron darle el alta, note que se la darían el mismo día del cumple de mi abuela materna, a quien le harían un fiestón, así que pedí permiso por adelantado. Y el día que Yimi se fue de alta yo no estuve. No quise estar, y quizá esto lo sepan recién aquellos que rotaron conmigo en el Niño. No quise despedirme de Yimi, no quise que me vieran llorar porque nuevamente me había unido mucho a un paciente. Mis compañeros me contaron que Yimi se fue feliz, cargado de colores, cuentos y una linterna.

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Hasta ahora lo recuerdo. A Eida, la veo de cuando en cuando, su mama aun me llama cuando se enferma. Por su condición, hace neumonías a cada rato. Y cuando me llama yo voy y aun me sonríe, y quiero creer que es porque sabe quién soy.

Me preguntaron PORQUE NO SERIAS PEDIATRA??.

Y siempre respondo lo mismo: PORQUE ME GUSTAN LOS NIÑOS, ME GUSTAN DEMASIADO.

3 pensamientos en “Vivencias en Medicina: cuando te encariñas con tus pacientes

  1. Excelente texto que ayuda a reavivar la esperanza en profesionales más humanos, en tiempos donde la atención médica se está mercantilizando al punto de olvidar que los pacientes no son dinero sino seres humanos iguales a cada uno de nosotros.

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  2. Es un relato muy conmovedor y motivador, soy enfermero pero el corazón añora algún día utilizar la bata blanca, espero que publiques tus vivencias en un libro, en verdad es muy motivador y esperanzador de que aún hay médicos con verdadera vocación de servicio.

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